En los años en que la economía española era una inmensa burbuja y la bolsa mostraba una exuberancia irracional, los ahorradores veían crecer el valor de sus títulos y los que destinaban sus ahorros al ladrillo, que según la creencia popular nunca bajaban de valor, no dejaban de sorprenderse por la incesante revalorización de sus inversiones. Funcionaba el llamado efecto riqueza, un espejismo que se traducía en un aumento permanente de los activos, de los patrimonios de las familias, muchas veces sustentados en créditos e hipotecas. Ese era el dulce fruto de los días de vino y rosas.
Con la crisis las cañas se tornaron lanzas y el efecto riqueza remitió hasta convertirse en efecto pobreza. Se calcula que en los últimos cinco años las familias han perdido por término medio casi la mitad del dinero que tenían invertido en bolsa al inicio de la crisis y han visto cómo se devaluaba la cotización de aquellos inmuebles que antes no paraban de revalorizarse. A ello hay sumar la disminución de la renta disponible y la precarización del trabajo.
No se trata de ningún espejismo, es una realidad incuestionable que somos más pobres, que todos hemos visto cómo se devaluaba el patrimonio familiar y cómo empeoraban las expectativas. Ese proceso de empobrecimiento ha perjudicado a unos más que otros, pero ha beneficiado a muy pocos. La vida es hoy más dura que ayer, y quizás que mañana.
Lo que anteayer era sólido y parecía duradero, es hoy gaseoso, provisional, inseguro. Nuestro mundo es mucho más volátil y la riqueza de muchos se ha evaporado de forma dramática, se ha inmolado en el altar de la crisis.


Renta
Está ya en marcha la campaña de la renta, esa cita anual con el fisco a la que están convocados unos veinte millones de españoles. En la presente declaración hay un redoble de la presión fiscal: si años atrás la tendencia era la rebaja progresiva de los tipos que gravan los impuestos directos, ahora Hacienda para aumentar la recaudación lleva los tipos hacia arriba, en una especie de retorno a tiempos que parecían superados.
Además, y para dar color al “revival” fiscal, este año se exhuma el Impuesto de Patrimonio, que no estaba enterrado, sólo olvidado. Se dice que es un retorno provisional, para este año y el próximo, pero cualquiera sabe. Algunas comunidades como Baleares, Madrid y la Comunidad Valenciana han establecido una bonificación del 100%, por lo que los residentes en esos territorios no tendrán que pagarlo, sea cual sea su patrimonio. No todos somos iguales ante el fisco.
Un estudio del colectivo Civismo confirma que un contribuyente medio dedica 124 jornadas de trabajo a pagar los impuestos, y si se suman las cotizaciones sociales, la factura se eleva a 179 días de media para sostener al Estado, que deberá reinventarse salvo que pretenda asfixiar a los ciudadanos. En Catalunya, los grandes paganos del reino, se tienen que trabajar nueve días más que en el País Vasco para liquidar las cuentas con Hacienda. Así se entiende la querencia por alguna fórmula que ayude a aliviar la carga o mejorar los servicios.
Y el próximo ejercicio, con el aumento del IVA en cartera, todavía va a ser peor. Menos rentas disponibles y mayor fiscalidad no conforman un escenario alentador ni optimista.