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Renta

Está ya en marcha la campaña de la renta, esa cita anual con el fisco a la que están convocados unos veinte millones de españoles. En la presente declaración hay un redoble de la presión fiscal: si años atrás la tendencia era la rebaja progresiva de los tipos que gravan los impuestos directos, ahora Hacienda para aumentar la recaudación lleva los tipos hacia arriba, en una especie de retorno a tiempos que parecían superados.
Además, y para dar color al “revival” fiscal, este año se exhuma el Impuesto de Patrimonio, que no estaba enterrado, sólo olvidado. Se dice que es un retorno provisional, para este año y el próximo, pero cualquiera sabe. Algunas comunidades como Baleares, Madrid y la Comunidad Valenciana han establecido una bonificación del 100%, por lo que los residentes en esos territorios no tendrán que pagarlo, sea cual sea su patrimonio. No todos somos iguales ante el fisco.

Un estudio del colectivo Civismo confirma que un contribuyente medio dedica 124 jornadas de trabajo a pagar los impuestos, y si se suman las cotizaciones sociales, la factura se eleva a 179 días de media para sostener al Estado, que deberá reinventarse salvo que pretenda asfixiar a los ciudadanos. En Catalunya, los grandes paganos del reino, se tienen que trabajar nueve días más que en el País Vasco para liquidar las cuentas con Hacienda. Así se entiende la querencia por alguna fórmula que  ayude a aliviar la carga o mejorar los servicios.
Y el próximo ejercicio, con el aumento del IVA en cartera, todavía va a ser peor. Menos rentas disponibles y mayor fiscalidad no conforman un escenario alentador ni optimista.

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Volatilidad

En los años en que la economía española era una inmensa burbuja y la bolsa mostraba una exuberancia irracional, los ahorradores veían crecer el valor de sus títulos y los que destinaban sus ahorros al ladrillo, que según la creencia popular nunca bajaban de valor, no dejaban de sorprenderse por la incesante revalorización de sus inversiones. Funcionaba el llamado efecto riqueza, un espejismo que se traducía en un  aumento permanente de los activos, de los patrimonios de las familias, muchas veces sustentados en créditos e hipotecas. Ese era el dulce fruto de los días de vino y rosas.
Con la crisis las cañas se tornaron lanzas y el efecto riqueza remitió hasta convertirse en efecto pobreza. Se calcula que en los últimos cinco años las familias han perdido por término medio casi la mitad del dinero que tenían invertido en bolsa al inicio de la crisis y han visto cómo se devaluaba la cotización de aquellos inmuebles que antes no paraban de revalorizarse. A ello hay sumar la disminución de la renta disponible y la precarización del trabajo.

No se trata de ningún espejismo, es una realidad incuestionable que somos más pobres, que todos hemos visto cómo se devaluaba el patrimonio familiar y cómo empeoraban las expectativas. Ese proceso de empobrecimiento ha perjudicado a unos más que otros, pero ha beneficiado a muy pocos. La vida es hoy más dura que ayer, y quizás que mañana.
Lo que anteayer era sólido y parecía duradero, es hoy gaseoso, provisional, inseguro. Nuestro mundo es mucho más volátil y la riqueza de muchos se ha evaporado de forma dramática, se ha inmolado en el altar de la crisis.

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Debate

Los efectos demoledores de la crisis y las políticas de ajuste alientan el debate sobre la línea a seguir: insistir en la estrategia de austeridad y el equilibrio presupuestario a toda costa, plan que abandera Merkel, o apostar por planes de estímulo para dinamizar la actividad y ayudar a la reactivación. Es una confrontación entre halcones, los ortodoxos, y palomas, fundamentalmente la izquierda de tintes keynesianos que se apunta a inyectar más recursos públicos al sistema y a no obsesionarse con el déficit público.
Algunos creen que las diferencias de orientación se basan en un error de diagnóstico y, en consecuencia, de terapia. Unos piensan que la economía europea tiene un tumor grave, el crecimiento y el empleo, y otros que la causa de ese cuadro clínico es el sobrepeso, el déficit y la deuda. La austeridad con recesión no hace más que agravar la situación y conduce la actividad al despeñadero de una especie de suicidio económico. Las posiciones ante el debate están claras.

No es de extrañar, pues, que la canciller germana vaya dando juego a una posible cumbre sobre el crecimiento. Sabe que, si aprieta demasiado, terminará por ahogar a los enfermos, que son muchos. Y es bien sabido que los primeros interesados en que los deudores sigan vivos son precisamente los acreedores.
Parece que el acuerdo estará en el punto medio. Lo que se va a debatir es moderar y suavizar la velocidad de ajuste del déficit para evitar que la consolidación a la carrera termine por penalizar en exceso el crecimiento. La ventaja de España es que es uno más en el pelotón de los torpes, y eso ayuda a encontrar aliados.

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Factura

Los datos del Banc Sabadell del primer trimestre son la expresión de la inacabada sangría de la factura inmobiliaria, que causa estragos en las cuentas de explotación de las entidades por las enormes cantidades dedicadas a dotaciones y saneamientos. El BS cerró el trimestre con un beneficio neto de 80 millones de euros, un 5% menos  que el mismo período de  2011, tras dedicar 293 millones de euros a limpiar la cartera crediticia. Hay que ir cubriendo los desaguisados del pasado.
Es difícil determinar cuándo terminará ese suplicio que obliga a sacrificar casi todos los excedentes a las dotaciones, pero el consejero delegado del BS, Jaume Guardiola, prevé cumplir con el decreto Guindos, el de los saneamientos extraordinarios, en el segundo semestre. La factura pendiente asciende a 1.600 millones de euros, que se cubrirá contra las reservas genéricas, fondos propios y resultados. Ahí está la hucha para limpiar fondos.

Se van liquidando activos inmobiliarios y en el primer trimestre se ingresaron por dicho capítulo 106 millones, pero se incorporaron nuevos activos por valor de 501 millones, lo que lleva la cartera de inmuebles adjudicados a 4.401 millones, con lo que los empleados de Solvia tienen el puesto de trabajo asegurado durante muchos años.
La euforia bursátil por la ampliación de capital ligada a la compra de la CAM ya se desvaneció hasta llevar el titulo a mínimos históricos. Dicen que la crisis ofrecen oportunidades, y palos, pero el Sabadell demuestra su confianza en el futuro al presentarse como candidato a adquirir Catalunya Caixa. Por si faltaba caldo, ahí van varias tazas.

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Cuentas

Cuando las cosas van mal, es habitual que se sucedan las noticias con acento negativo, situación que alimenta la idea de que es imposible seguir como estamos, salvo que se opte por el suicidio colectivo. Ante ese panorama, los que mandan ahora acusan a los de antes y lo que mandaron antes entienden que la crisis no es cosa suya y que les corresponde a sus sucesores arreglar el desaguisado. Nadie quiere tener culpa de nada, pero las cuentas no salen.
Y, como después de tanto despilfarro el dinero brilla por su ausencia, los que gobiernan se han visto forzados a ejercer de manostijeras, incluso en epígrafes tan sensibles como la sanidad y la educación. Aparte del copago o repago, se pretende eliminar el turismo sanitario y limitar las prestaciones a los que están de forma irregular en el país y no pagan impuestos en España. Dicen que ese capítulo ha supuesto un gasto anual del orden de los mil millones de euros.

En un ejercicio de hipocresía y demagogia, el secretario general del PSOE ha deslizado que veía en esa iniciativa un toque xenófobo. Queda claro que, en visión de Rubalcaba, España debe ser una ONG universal y gratuita con barra libre para todos los desheredados del mundo. Haría bien preguntando a sus votantes si están de acuerdo con que sus impuestos se dediquen a propios y extraños. Otra versión del buenísmo.
Venimos de una larga tradición en la que lo público se confunde con lo que no es de nadie, un fondo cultural perverso. Aquí algunos creen que cada demanda social es una necesidad pública a incluir en los presupuestos del Estado. Y luego las cuentas no salen y la culpa no es de nadie.

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