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Europa

Europa pasó a ser algo más que un continente en los mapas en el momento en que empezaron a levantarse instituciones supranacionales orientadas a temas económicos y a facilitar las relaciones a través del desarme arancelario. El club europeo fue admitiendo más socios y la economía fue cediendo espacio a los políticos, lo que tuvo su plasmación en la conformación de estructuras funcionariales que ejercen una creciente influencia sobre las políticas nacionales. La soberanía nacional ha pasado a ser una responsabilidad compartida.
La construcción de Europa se ha cedido a una elite de superfuncionarios, los  euroburócratas, que consumen presupuestos que no cesan de engordar. Con la crisis, muchos países quieren rebajar sus aportaciones a la UE, que suponen hasta el 75 % de los recursos de los organismos comunitarios. Ante ese panorama la reacción de la Comisión Europea ha sido la de crear un nuevo impuesto directo que afectaría a los más de 450 millones de ciudadanos.

Señala la Comisión que la nueva fórmula de financiación, todavía en estudio, ayudaría a la contención de las contribuciones estatales, argumento poco creíble. De hecho, ningún gobierno parece dispuesto a rebajar impuestos nacionales a cambio de que los ciudadanos paguen otros tributos a la UE. El Ejecutivo de Bruselas quiere ganar autonomía financiera, especialmente desde que se les solicitó que revisaran a la baja su presupuesto.
Berlín, París y Londres no han acogido la propuesta con gran  entusiasmo y señalan que no es el momento adecuado para  introducir nuevas tasas. Zapatero, en cambio, es mucho más receptivo al euroimpuesto. Es la eterna dialéctica sobre la fiscalidad y la competitividad.

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Población

Según el padrón de 2008, el 27% de la población catalana de 15 a 29 años ha nacido en el extranjero, o sea, que son catalanes de adopción. En Catalunya residen  370.000 jóvenes de 150 países distintos. El porcentaje de extranjeros es mucho más elevado en esas edades que entre los ancianos, lo que invita a reflexionar sobre el futuro de Catalunya.
Y de los alumnos escolarizados en Catalunya, algo más del 40% son de origen foráneo, con predominio de los latinoamericanos, colectivo que en algunas ciudades del cinturón metropolitano alcanza proporciones elevadísimas. La crisis, y la recuperación de otras economías, quizá frenará la intensidad de un proceso que, combinado con la baja tasa de natalidad de los autóctonos, está provocando una revolución demográfica a ojos vista.

La demografía catalana está sujeta a un cambio fortísimo. A la luz de esa realidad quizá hay que otorgar crédito a los que han expresado conclusiones dolientes sobre la decadencia de Catalunya, desconfiando sobre la aportación de otras levas o, por el contrario, hay que confiar en la probada capacidad de asimilación e integración que ha demostrado este país, históricamente construido con materiales muy diversos.
Quizá habrá que analizar la experiencia de países próximos que han vivido el choque cultural y étnico antes que nosotros. Y esa realidad tiene aportaciones positivas y negativas con las que hay que convivir. El problema de Catalunya es el carácter explosivo de la inmigración –un fenómeno intenso y rápido- y su fuerte concentración geográfica. Y su irreversibilidad: la mayoría de los que han venido lo han hecho con voluntad de quedarse.

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Respecte a les persones

En la crònica del D.S. del 8 de juliol en relació a la moció del PP al ple municipal sobre l’ús del burka, se m’atribueixen unes paraules que no vaig dir. En concret s’hi escrivia: “Isidre Soler elevó el tono al acusar a Soriano de xenófobo e hipócrita…”. Es tracta d’unes paraules que en cap moment vaig dir, sinó que, tal i com està escrit i gravat, el que vaig manifestar va ser: “Sr. Soriano, el seu discurs és un discurs hipòcrita i xenòfob”.
Mai, en cap moment, des de l’Entesa hem faltat el respecte a cap persona per molta discrepància que pugui haver-hi. Sempre hem intervingut qüestionanat o criticant la seva actuació política, mai la persona. Fins i tot el nostre codi de conducta es compromet a evitar aquest tipus d’actuació.

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Debate

El debate sobre el Estado de la Nación ha sido tan previsible como inútil. El guión debía estar escrito con anterioridad y nadie quiso cambiarlo. A estas alturas los espectadores conocen de sobra a los protagonistas, sus recursos dialécticos y sus trampas. Sabido es que Zapatero no va a recuperar la confianza perdida con una pieza oratoria, ni Rajoy va a ilusionar a la mayoría como alternativa de gobierno. Esto es lo que hay y ni están las elecciones anticipadas en el horizonte inmediato, ni se espera una moción de censura.
La política está bloqueada y las posiciones se  encastillan. Zapatero está haciendo lo que siempre dijo que no iba a hacer, porque es –dice- lo que ahora necesita España. Y Rajoy le recuerda que ha perdido la confianza del electorado. Pero es un diálogo para sordos, un enfrentamiento que ya no da más de sí.
Y es que el juego corto y el  tacticismo han terminado por aburrir a la mayoría y por generar una legión de descontentos que se sienten defraudados por el incumplimiento de viejas promesas. La geometría variable y el cambio de aliados es un círculo agotado que recrea la soledad parlamentaria de Zapatero, una soledad que puede desbloquearse en momentos puntuales, como sucederá con los Presupuestos del Estado.
Parece así evidente que nos espera la campaña electoral larga, una que ya está en marcha y que todavía no tiene fecha de caducidad. La política española está anclada en los minutos basura, esas prolongaciones que ya no sirven para nada, pero que pueden durar unos larguísimos veinte meses.  Después de todo, ahora vienen las vacaciones parlamentarias para enfriar el verano político.

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Ambiente

El estado de la Selección no es el de la Nación, pero unos y otros intentan asociarlos y beneficiarse del tirón que han insuflado en la autoestima colectiva unos futbolistas. El fútbol ha brindado una gran alegría y ha sido una catarsis balsámica, quizá un simple apaño coyuntural, para una sociedad que vive un mal momento anímico. Seguramente se quiere exprimir la alegría, cobrarle dividendos, pero el fútbol, material fácilmente politizable, no puede reparar la decaída estructura económica e institucional del país.
Sin embargo, el triunfo de la Selección ha roto muchos esquemas y ha exaltado el patriotismo en su versión futbolística, esa vieja canción de somos los mejores. El triunfo suma voluntades y millones de personas hacen suyos símbolos de identificación, lazos emotivos de integración y pertenencia que han ganado un inusitado espacio público. Y curiosamente no había presencia de enseñas republicanas, tan habituales en otras convocatorias. Los sociólogos ya tienen materia para profundizar en el análisis del comportamiento colectivo enfebrecido.

La síntesis de toda esta movida se resume en el enorme impacto social de la roja, que ha batido todos los récords. Se han vendido más de un millón de camisetas, una cifra que multiplica por 20 las ventas habituales. Y la locura sigue como termómetro popular de una explosión que ha desbordado todas las previsiones.
Ni hay que exagerar el impacto del éxito ni ignorar su impacto social. Los políticos, siempre al quite, ya nos ha dado algún ejemplo de oportunismo, de no pasar por alto que no es el estado de la Nación pero forma parte de él. De momento, el ambiente se ha relajado y perdido algo de crispación.

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