Opinió

Seat

Se han cumplido los 60 años de la constitución de Seat, una empresa que nació con el objetivo de poner ruedas y motor a España, una aventura que veía a continuar otras iniciativas de la preguerra que forzosamente se orientaron a un público elitista, el único que tenía capacidad económica para pagar esos lujos mecánicos. Seat nació para motorizar a una población que apenas empezaba a salir de la pobreza y la precariedad del racionamiento de la postguerra y que quería agarrarse a un progreso nada fácil de conquistar.
A mediados de los 50 nació el Seat 600, indisimulado objeto del deseo de millones de españoles, que a pesar de su modestia tenía un precio inalcanzable para la mayoría de bolsillo, y más en unos momentos en que todavía no era algo popular la venta a plazos. La publicidad presentaba el 600 como el coche para la familia y el hombre de negocios, mensaje que hoy provoca sonrisas si se repara que era un utilitario de sólo dos puertas y poco más de tres metros.

Llegó a ser Seat el coche español por excelencia y en sus primeros años llegó a tener el 75 %  del  mercado nacional y en los setenta todavía uno de cada dos coches que circulaban por  España llevaba su marca. En su momento de máximo esplendor Seat  era la primera empresa industrial del país, que daba empleo, directo e indirecto, a más de 30.000 personas.
Después de Seat vinieron muchas marcas, atraídas por un mercado en crecimiento, por facilidades fiscales, costes inferiores a otros países y existencia de una industria auxiliar de primer nivel.  Ahora la competitividad ya no es la de antes y los proyectos de nuevo cuño van a otros destinos, pero el balance de 60 años ha sido muy positivo para el país.

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