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Perdones imperdonables

Nunca he estado en prisión y espero no estar nunca. Por mucho que las cárceles españolas nada tengan que ver, por ejemplo, con la que tan crudamente se describe en la película ‘El expreso de medianoche’, supongo que a nadie le gusta pasar en galeras ni un minuto de su preciado tiempo. La vida sin libertad no es vida. El recluso redime su culpa entre rejas, y es lógico que así sea si tras la deliberación judicial la cárcel era su destino justo.
Lo que quiebra la moral es que alguien se vea encarcelado por una acusación o denuncia que a la postre se demuestra falsa, formulada con el solo propósito de presionar, extorsionar o salvar la propia reputación del denunciante embustero. Y si el engaño se descubre después de que el acusado ya ha pasado un tiempo preso, a éste nadie le podrá devolver nunca esos días perdidos, y difícilmente se podrá sacudir el sambenito de que ‘algo habrá hecho el tipo este para haber estado en chirona’. Sólo le quedará el consuelo de que el mismo sistema judicial que un día dictaminó su ingreso en prisión, condene ahora al que lo difamó para que pruebe el mismo veneno. Y ni con ésas puede que aquél vuelva a ser el de antes.
Si esto se entiende así, que alguien me explique el indulto que el Gobierno ‘en funciones’ acaba de conceder al consejero delegado del Banco Santander, Alfredo Sáenz, condenado a tres meses de arresto e inhabilitación para su oficio de banquero durante ese tiempo, por un delito de acusación falsa y denuncia falsa. Alguno dirá: ‘Tampoco era tan grave la pena que le habían impuesto: el arresto no se cumple, y la inhabilitación fácilmente se esquiva con amigos o testaferros’. Puede que sí, pero si consideramos que por esa felona acusación cuatro personas estuvieron en prisión preventiva, la cosa cambia. Pues no, eso se lo han pasado por el forro; no ha pesado nada para negar el indulto el que el señor Sáenz haya auspiciado ese ingreso en prisión; por cierto, el juez que dictó la medida carcelaria fue condenado después por el Tribunal Supremo por prevaricación y detención ilegal. ¿No habría que indultarlo también?
Lo peor del asunto es que el Tribunal Supremo mostró su oposición al indulto al banquero. Pero la terquedad del ministro de Justicia, Caamaño, debió pesar más en la voluntad del resto del Gobierno, igual de culpables por acción u omisión. Habrán ensalzado las bondades del señor Sáenz, su mísero sueldo de 9 millones de euros anuales, su condición de representante de un sector que se hincha a comisiones leoninas para pagar a consejeros increíbles sueldos y planes de pensiones multimillonarios; se habrá tenido en cuenta la compasión del Banco Santander, que ya no ejecuta las hipotecas de los que se han quedado sin nada y, en fin, la gran credibilidad que el sistema bancario en general nos merece. ¿Que alguien ha estado en prisión injustamente porque el señor Sáenz lo acusó falsamente? ¡Qué más da! Eso solo es una mota de polvo en su inmaculada trayectoria. Indultado por un gobierno socialista que empieza muy bien su regeneración y búsqueda de la identidad perdida. Así se recupera al electorado, sí señor.

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