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Congreso

Celebrado no por casualidad en Sevilla, el Congreso del PP no concitó un gran interés por su carácter altamente almibarado, exento de navajeo visible y huérfano de posibles sorpresas: todo parecía estar atado y bien atado. No  había margen para lo imprevisto y sabido es que la normalidad es gris y suele aburrir a los que gustan de emociones fuertes. El PP es ahora un partido de masas que goza una situación probablemente irrepetible. Gobierno, comunidades, municipios están teñidos de azul gaviota.
El cónclave popular es una buena ocasión para aplaudirse a sí mismos y para celebrar por todo lo alto su excelente racha electoral. El objetivo de la cita es aupar a Javier Arenas, la esperanza blanca para conquistar Andalucía, el último reducto de un socialismo que se enfrenta desunido al pánico del vacío de poder que puede suponer perder la última joya de la corona. Es evidente que en Sevilla se vive un ambiente de fin de ciclo.

Al Congreso popular no se iba a votar, se iba a aplaudir, a ratificar la continuidad sin riesgo, lo que impone el jefe Rajoy. Ahora el PP es un partido de gobierno y sus propuestas se sustancian en decretos; los debates de ahora, sin mucho nervio ni discrepancia, son poco más que música celestial.
Todavía no ha habido tiempo para decepción y las luchas intestinas porque la cosecha de 2011 fue excelente y ha brindado oportunidades para casi todos. Ya dice el refranero que cuando hay harina, no hay mohína. Y los andaluces, de forma muy gráfica, razonan que cuando “no hay pa tós, hay patás”. Una estampa que ilustra la situación del PP y del PSOE.

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