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Hambruna y violencia en Somalia

Sólo pasajes escritos hace milenios, como las tragedias clásicas, describen con devastador acierto las masivas migraciones humanas de la Somalia actual. El único atisbo de lugar seguro es llegar a Liboi-Dobley y, una vez allí, a los campos de refugiados. En este periplo muchas familias se desperdigan. Malviven en tiendas de campaña, provistas por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados).
El número de menores desacompañados que llegan hasta los campos de refugiados es elevado y también el de familias que, haciendo un gran esfuerzo, adoptan a aquellos que encuentran en su camino.
Algunos huérfanos, que se han visto obligados a ejercer de cabezas de familia, arrastran consigo biografías que incluso resultarían excesivas para un adulto. Muchos han sido soldados, reclutados por Al-Shabab, pero también por el gobierno somalí. Abdullah Hassan, de 58 años, que fue taxista y se proclama ya anciano –la esperanza de vida en Somalia es de 50 años- dice que nunca había visto  barbarie semejante: “Dan armas a muchachos, esconden bombas en niños sin que ellos lo sepan. He visto trocear a personas, cadáveres, abandonados en la calle. Eso no lo hacen, ni las peores bestias”.
En Somalia se vive la sequía más cruel y una hambruna de niveles inéditos. Mueren diariamente dos niños por cada 10.000, en las pocas zonas de Somalia, donde hay datos fiables, mueren 15 niños al día. Hay 700.000 niños en riesgo de muerte real por hambre. Y más de 15 millones de estómagos vacíos.
La ayuda aquí es imprescindible, en el sentido más rotundo de la palabra, vital. La situación en los campos de refugiados de Dadaab es de extrema precariedad. No obstante, la mayoría de las familias somalís que consiguen lleganr allí dicen que son afortunadas. Son supervivientes a la más pertinaz hambruna y a la violencia. El 79% de los desplazados son mujeres y niños. Somalia es un país doliente y atormentado. Llegar hasta Dadaab es la antepenúltima de sus desgracias. La violencia en esta difusa divisoria no responde a un conflicto o a las luchas entre clanes, que hace años que los señores de la guerra, Al-Shabab y los bandidos se esfuerzan todos juntos en mantener estable un “desorden duradero” del que sacan un gran beneficio. Dadaab, pueblecito keniano, desbordado y expandido, se ha convertido en el campo de refugiados más grande del mundo: casi medio millón de personas.
La sequía que sofoca al Cuerno de África, la peor en seis décadas, ha exprimido con especial crueldad este harapo de tierra fronteriza hasta la deshidratación y la asfixia. La hambruna aprieta tanto, a algunos refugiados, que prefieren renunciar a todo a cambio de raciones de comida.
La tasa de mortalidad diaria es de unos 360 fallecimientos. Tres hospitales y nueve dispensarios de salud atienden a  medio millón de personas. Parece ficción, pero es una cruda realidad.

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