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Hoy suicidios, antes desmayos

Ejercí la profesión de procurador de los tribunales, que inicié cuando tenía 24 años, y solicité la baja nueve años más tarde, cuando mi sensibilidad por los problemas ajenos no me dejaban vivir en paz. Por figurar en primer lugar en la guía de procuradores por orden alfabético de apellidos, me ‘caían’ la mayor parte de los exhortos que interesaban embargos, desahucios y lanzamientos. Eran los años 60 y 70, y se imponía en aquella época el concepto de pecado por quitarse la vida. Aún hoy esta idea hace bajar el índice de suicidios por cuestiones de índole económica.
Los desahuciados no se quitaban la vida porque la comisión del juzgado les privara de la vivienda o el negocio porque unas condiciones leoninas de un crédito cuya amortización no calculaban bien o no eran bien informados. Si acaso se mataban por un palmo de tierra. No se quitaban la vida, aunque la vergüenza que les embargaba les hacía retirarse de la vida social, lo que significaba un poco, o un todo, perder la relación familiar y con las personas de su entorno, una forma de ‘quitarse la vida de por vida’. Pero era muy común el desmayo de las personas que recibían al profesional y a los funcionarios del juzgado cuando, personados en sus domicilios, les notificaban el embargo de sus bienes, muchas veces por una deuda que habían contraído con algún usurero para costearse los gastos de una enfermedad, el pasaje a la emigración o para amortizar otro préstamo que alguna entidad le había ofrecido, con toda clase de ‘facilidades’ para comprarse una vivienda, un coche o iniciarse como emprendedor en un negocio que prometía éxito seguro. Yo he asistido a muchos desmayos.
Procuraba por todos los medios quitar hierro al acto, pero nunca conseguía engañar a quien nos recibía, sobre todo cuando era una madre. ‘Ya sé a qué vienen’, e instantáneamente el desmayo. Nunca dejamos que cayera al suelo, pero tuvimos muchas veces que pedir asistencia a los vecinos, para que auxiliaran a la víctima, lo que podía suponer una mayor vergüenza al embargado. Nuestra costumbre era siempre dar las mayores oportunidades al demandado para que pudiera pagar antes de llegar al desahucio, cosa que conseguíamos en el 90% de las veces. Otras veces, las menos, no tuvimos más remedio que contar ovejas o embargar fajos de billetes a quienes presumían de no pagar porque no querían, no porque no tuvieran.
También hemos evitado suicidios porque supimos escuchar y convencer a personas que acudían a nuestros despachos, al límite de su desesperación. Ojalá no tenga que leer nunca más en la prensa titulares como los que hace unos minutos acabo de leer: “Una malagueña que iba a ser desahuciada se suicida’. Es vísperas de Navidad y pido a los políticos, entidades bancarias y profesionales que traten de evitar más muertes por pequeñas cantidades de dinero que otros roban a mansalva.

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