Opinió

Alguien nos ha robado la tienda

Una cosa es ser malpensado y otra ser un ingenuo de tomo y lomo. Nos lo tragamos todo. En definitiva, que somos unos papanatas. Y no es que tengamos que desconfiar de todo, pero casi. La lógica y la experiencia nos instan a ser precavidos. Es decir, que tenemos que afinar nuestro espíritu crítico, desarrollar nuestra capacidad de observación y de análisis, y tenemos que poner en tela de juicio las promesas, las leyes, las amenazas y las explicaciones. En el interesante libro, “Platón y un ornitorrinco entraron en un bar, de Catchcart y Klein, se cuenta una simpática historia: Holmes y Watson se han ido de acampada. En plena noche, Holmes se despierta y le da un codazo a Watson. -Watson –le dice- mire al cielo y dígame qué ve. -Veo millones de estrellas, –responde Watson. -¿Y qué conclusiones saca, Watson? -Bueno –dice-. Astronómicamente veo que hay millones de galaxias. Astrológicamente, observo que Saturno está en Leo. Por la hora, deduzco que son aproximadamente las tres y cuarto. Meteorológicamente, sospecho que mañana hará un día espléndido. Teológicamente, contemplo la grandeza de Dios… Esto… ¿y usted qué ve? -Watson, estúpido, ¡que alguien nos ha robado la tienda! Eso es lo que nos pasa. Que mientas miramos al cielo embobados, alguien nos lleva la tienda, mientras nos entretenemos haciendo consideraciones variopintas, alguien nos birla la vida, su sentido, sus alegrías. Me pregunto cómo es posible que seamos tan crédulos. Cada vez que veo programas de videntes, curanderos, adivinos y otras especies me pregunto cómo puede haber gente que se trague ese anzuelo. La educación debería dar herramientas para comprender el mundo, para descubrir los hilos ocultos, para saber que esos hilos están ahí porque alguien los ha puesto y para saber que esos hilos se pueden romper. La educación debería ser un proceso que ayuda a la mosca a salir del cazamoscas. ¿Cuántas cosas nos apartan de lo que realmente es importante? ¿Cuántas personas se empeñan en darnos gato por liebre? ¿Cuántos distractores nos alejan del núcleo de la realidad? Watson se entretiene haciendo cábalas diversas que le impiden conocer lo que realmente ha pasado. Les han robado la tienda y están durmiendo a la intemperie. Políticos, periodistas, sacerdotes, profesores… y otros diversos persuasores nos asemejamos a trileros que despistan con sus movimientos a quien desea saber dónde se encuentra la bolita, es decir, la clave del asunto. -Por aquí, por allí, por allá… ¿Dónde está la bolita? El caso es que te parecía más que seguro que la habías visto debajo del vasito central, pero resulta que no estaba allí. Parece increíble. Lo hubieses jurado. La viste allí. Y has perdido. Te han engañado. Lo malo es que algunos vuelven y vuelven a jugar. No escarmientan nunca. ¿Cuántas afirmaciones de los mítines, de los discursos y de las clases tendríamos que poner en tela de juicio y, sin embargo, aceptamos como dogmas? Me pregunto el porqué. Y encuentro dos tipos de causas que provocan el papanatismo. Unas dependen de quien engaña. Y se sustentan en los intereses que busca, en los conocimientos que posee, en las habilidades que tiene o en su poder de seducción. Otras dependen del engañado y dependen de nosotros. A veces es por pereza mental. Efectivamente, algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones. Cuesta más ponerse a pensar que creer a pies juntillas lo que otro dice. La tarea de pensar es exigente. Tiene demasiada fuerza el argumento de autoridad. Se define así: vedad es lo que la autoridad dice que es verdad. Esa autoridad puede ser religiosa, política, militar o académica. Algunos han renunciado a su obligación de pensar entregando la responsabilidad a sus jefes. El argumento sociológico es también peligroso. Se define así: verdad es lo que la mayoría dice que es verdad. Pero la verdad no se vota. La verdad se construye. O, mejor dicho, se va construyendo. Otras veces la credulidad tiene su origen en la falta de información. La persona instalada en la ignorancia es más fácilmente engañada. Por eso es tan importante el conocimiento. Cómo no hacer mención a la estupidez. Hay quien se siente muy bien engañándose a sí mismo, haciendo hablar a la realidad para que le dé la razón. Como en la siguiente historia: Un hombre sale cada mañana al quicio de la puerta y exclama: – Que esta casa esté a salvo de tigres. Y se vuelve para adentro. Alguien, que observa su gesto cotidiano desde la casa vecina, se dirige a él un día y le dice: -Pero, ¿qué hace? ¿Por qué dice eso si no hay ningún tigre a miles de kilómetros a la redonda? El interpelado responde con énfasis: -¿Lo ves? Funciona, funciona… Hay que informarse, hay que escuchar, hay que leer, hay que analizar con rigor, hay que comparar Se repiten muchos tópicos, se hacen muchas promesas, se utilizan algunas falacias. Conviene cribar todas las frases, descubrir todas las trampas, matizar todos los datos. Los números, que parecen estar investidos de rigor científico, suelen utilizarse de manera interesada y falaz. “Algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones”

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