Opinió

Deudas

El Banco de España ha instado a las empresas del sector privado, especialmente a las inmobiliarias, a recortar su elevado nivel de endeudamiento. Desde mediados de los noventa hasta 2007, el fácil recurso al crédito propició que el endeudamiento creciera a ritmo aceleado y, aunque en los últimos tiempos se han hecho esfuerzos para sanear los balances, el escaso crecimiento del PIB y de los beneficios empresariales no ha permitido reducir de forma apreciable el apalancamiento y esa losa es una carga que provoca no pocos problemas.
Tiende a creerse que el problema más importante es el endeudamiento del Estado, fruto de la necesidad de financiar el desmesurado déficit público, olvidando que es todo el país, incluyendo empresas y familias, el que está pillado en esa telaraña de cuentas a pagar, con una cascada de compromisos adquiridos en los últimos tiempos y que ahora hay que pagar o renovar a plazos más largos a acreedores que no confían en demasía en la solvencia menguante del país.

Y esa es la cuestión de fondo: los acreedores desconfían de España, el riesgo país aumenta y la financiación es más cara y escasa. Además, uno de los principales financiadores de España es el ahorro alemán, lo que explica la presión de Merkel sobre Zapatero. Las dudas sobre la capacidad de España para cumplir sus compromisos son evidentes, y el aviso de que no están dispuestos a pagar la fiesta es manifiesto.
Durante años hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, gastando  más de lo que producíamos. Y ahora nos van presentando al cobro lo que firmamos en días de vino y rosas, de burbujas insensatas.

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