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Incendios

El estío es la estación de los incendios, mitad fortuitos mitad provocados. Cada verano se calcinan miles de hectáreas y con ello se quema parte de nuestro patrimonio, que es el futuro colectivo. Este verano, aparte de los incendios forestales, cobra carta de naturaleza el incesante incendio de un Gobierno devorado por mil manifestaciones callejeras y consumido por el fuego de los mercados.
Una parte de la sociedad ha optado por la rebeldía, por la espiral griega, y otra sigue los acontecimientos desde la impotencia, la soledad, la desesperanza y el espanto. El Gobierno ha perdido credibilidad, aquí y fuera, e intenta apagar los fuegos con poco acierto. De hecho, los sucesivos cortafuegos, los planes de ajuste, han tenido un éxito perfectamente descriptible. Con esa trayectoria no es extraño que buena parte del Ejecutivo se haya inmolado en el altar de una reformas que no cuajan. Y Rajoy, que probablemente llegó a pensar que sin Zapatero la cosa cambiaría, está en las brasas, dilapidando su capital político.

Se incendia España y no hay capacidad para apagar el fuego. Lo dramático es que el humo nos ciega e irrita y que los bomberos europeos del BCE, a pesar de las llamadas de socorro del Gobierno español, se limitan a tomar nota de una situación que amenaza con expulsar a España de los mercados de financiación.
Todo el mundo percibe que España está en situación límite, al borde del precipicio. Todo el mundo entiende que una prima de riesgo de 600 puntos es insostenible, pero lo mismo se decía cuando estaba a 500, a 400 e incluso a 300. Las palabras y los juicios que parecen sensatos quedan viejos en unas horas. Tremendo.

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