Opinió

La imagen de la mujer

Aparte de monja piadosa, la imagen de la mujer ha oscilado tradicionalmente entre putón verbenero-arpía venenosa y dulce florecilla del jardín del amor, tierna y doméstica. Entre esos estereotipos antagónicos ha habido algunas variantes, como la que intentó imponer en este país de cachirulo la Sección Femenina de Franco, que aleccionaba a las mujeres con perlas como estas: “Salúdale (al marido) con una cálida sonrisa y demuéstrale tu deseo de complacerle. Escúchale, déjale hablar primero; recuerda que sus temas de conversación son más importantes que los tuyos. Nunca te quejes si llega tarde, o si sale a cenar o a otros lugares de diversión sin ti. No pidas explicaciones acerca de sus acciones o cuestiones su juicio o integridad. Recuerda que él es el amo de la casa. Anima a tu marido a poner en práctica sus aficiones e intereses, y sírvele de apoyo sin ser excesivamente insistente. Si tú tienes alguna afición, intenta no aburrirle hablándole de ésta, ya que los intereses de las mujeres son triviales comparados con los de los hombres. Al final de la tarde, limpia la casa para que esté limpia de nuevo por la mañana. Cuando os retiréis a la habitación, prepárate para la cama lo antes posible, teniendo en cuenta que, aunque la higiene femenina es de máxima importancia, tu marido no quiere esperar para ir al baño. Recuerda que debes tener un aspecto inmejorable a la hora de ir a la cama… En cuanto a la posibilidad de relaciones íntimas con tu marido, es importante recordar tus obligaciones matrimoniales: si él siente la necesidad de dormir, que sea así, no le presiones o estimules la intimidad. Si tu marido sugiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar. Si tu marido te pidiera prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes. Cuando tu marido caiga en un sueño profundo, acomódate la ropa, refréscate y aplícate crema facial y tus productos para el cabello. Puedes entonces ajustar el despertador para levantarte un poco antes que él por la mañana. Esto te permitirá tener lista una taza de té para cuando despierte.”

Toma ya! Esa mentalidad casposa -que se metía sin pudor entre las sábanas de los españolitos-, daba una imagen de la mujer deplorable, sin posibilidad de realización personal, idiota de remate y tratada como un felpudo. Y lo malo es que muchos de aquellos comportamientos no han desaparecido. Aparte de lo que sucede en cada casa de puertas para adentro y del goteo de asesinatos de la violencia doméstica –que no cesa-, la deriva androcéntrica de nuestra sociedad se advierte hoy, por ejemplo, en la publicidad. La cultura de la imagen, muy tecnológica y tal, en ciertos aspectos se convierte en una burda simplificación, pues no hace falta saber leer para entenderla. Una imagen puede contener todo un diccionario para quien lo conoce, pero es apenas un balbuceo para quien ignora el significado y el poder de las palabras. Y las imágenes, subliminales o no, van directas al subconsciente, introyectando maneras concretas de ver y entender el mundo. Así, en la publicidad actual, sólo son mujeres -y nunca hombres-, las que aparecen degradadas y a medio camino entre lo encantador y la estupidez más despatarrante.

La mujer que sale en los anuncios es una bobalicona que odia los ácaros y se preocupa mucho por el brillo de la bañera, al tiempo que pregona sin recato sus molestas almorranas. También la vemos sentada en la taza del váter con las braguitas a media pierna, feliz por mantener a raya sus intestinos, y sólo ella tiene hongos en las uñas de los pies y candidas en la vagina. Ya más mayorcita se desespera porque no logra fijar en su sitio la dentadura postiza, cuando no, se mea encima, apestosa e incontinente. Aspectos todos ellos que pondrían en ridículo a un hombre, pero que resultan perfectamente aceptables cuando se trata de la mujer. Total: una imagen femenina que es un primor de tacto, inteligencia y sensibilidad.

Sociólogos y educadores no paran de alertar por las perniciosas actitudes machistas entre adolescentes. No me extraña, pues la imagen de la mujer que proyecta esta cultura invita a la falta de respeto sistemática. Mientras, en otros anuncios, tipos seguros de sí mismos conducen coches de infarto y en ningún momento pierden la compostura. Faltaría más. Menos mal que nuestra imagen real sigue en la más absoluta incógnita porque, a Dios gracias, es indefinible. Definirla significaría cristalizarla, colgarle un sambenito inamovible que empobrecería la extraordinaria y rica versatilidad de muchas mujeres. Y ante todo eso yo me pregunto: la autoconciencia, ¿es un regalo o una putada? La felicidad ¿es una combinación química detectable en la sangre de los imbéciles, o puede adquirirse poco a poco? Tendida en la chaise-longue, con la cara embadurnada de mascarilla, reflexiono dubitativa sobre estos misterios insondables. Y me afilo las uñas, por si acaso.

“En la publicidad actual, sólo son mujeres -y nunca hombres-, las que aparecen degradadas y a medio camino entre lo encantador y la estupidez”.

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