Opinió

¡Silencio!, por favor!

En los últimos años se ha puesto de moda dedicar un día a cada cosa. El día del planeta, el día de la lectura, el día del clima, el día de… Y a mí se me ocurre que tal vez lo mejor sería dedicar un día al año, a nivel mundial, al silencio, en el que cada uno piense lo que quiera. ¿Se imaginan a toda la humanidad en total y absoluto silencio? Reconozco la dificultad del reto, porque nada hay más difícil que callarse y controlar la lengua. Y eso asumiendo que siempre habría el típico simpático que hablaría por lo bajines con el de al lado, en fin, es inevitable.

Realmente sería toda una terapia de choque mundial porque nadie sabría cuáles serían las consecuencias de ese silencio absoluto prolongado durante 24 horas, y sobre todo, porque muchos dudarían de su capacidad para superar la prueba. No es fácil. Además sólo justificar la existencia del silencio como día mundial encierra la dificultad de explicar para qué vale el silencio. Esto nos exigiría una labor pedagógica de primer orden, porque explicarlo es complicado, aunque refranes no faltan, por ejemplo el que dice “si la palabra es de plata, el silencio es de oro”.

Y algunos se preguntarán, ¿y por qué el silencio es de oro?, pues entre otras razones porque el que calla es dueño de su silencio y el que habla es esclavo de sus palabras o porque el que calla difícilmente se equivoca y el que mucho habla mucho yerra. Es decir que la primera razón para apreciar el silencio es el minimizar los riesgos derivados de un exceso de palabrería y conservar la libertad de decir y de actuar sin contradicciones. Por esta sola razón podríamos decir que guardar silencio es un síntoma de madurez y de superación, ya lo dijo Paul Masson, “con la palabra, el hombre supera a los animales, pero con el silencio se supera a sí mismo”. Lo cual no quiere decir que no haya que hablar cuando es necesario o conveniente, pero siempre con sentido, porque como dijo Abraham Lincoln “más vale permanecer callado y esconder tu necedad, que hablar y quitarles de dudas”.

Así que el silencio tiene un valor intrínseco en sí mismo y nos ayuda a superarnos como personas. Pero no sólo somos mejores cuando somos capaces de callarnos, es que además cuando estamos en silencio pensamos mejor las cosas. Dijo Manuel Azaña, “si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un silencio tan grande que nos permitiría pensar”. La verdad es que oyendo a diario todo lo que se dice, todo lo que se habla, todo lo que se discute y lo que se pontifica, creo que Azaña tiene toda la razón, entre otras cosas porque a él le toco vivir una época especialmente complicada y ruidosa, ¡qué bien le hubiera venido a su época un día de absoluto silencio!

Estoy seguro que Manuel Azaña acabó venerando el silencio. Claro que, llegados a este punto, tendríamos que preguntarnos: ¿entonces qué tiene más fuerza, qué vale más, la palabra o el silencio? Basta con observar la actualidad, y comprobar que la mayoría silenciosa de Escocia ha decidido quedarse en el Reino Unido sin necesidad de romper su silencio, pero esa decisión silenciosa la han “oído” en todos los confines de la Tierra, ha sido un silencioso “clamor”.

Así que siguiendo las sabias palabras de Azaña, creo que un día mundial del silencio haría que al menos durante 24 horas no nos equivocáramos al hablar, no ofendiéramos a nadie, haría que todos nos controláramos un poco más y fuésemos un poco mejores, nos permitiría pensar y sobre todo, experimentaríamos la extraña sensación de escuchar un silencio mundial.

“El que calla es dueño de su silencio y el que habla es esclavo de sus palabras”

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