Opinió

Identidades

En Francia, país de vanguardia en las ideas, hace meses que está abierto el debate sobre la identidad nacional, sobre lo que define el ser francés. Curiosamente el que lo ha promovido es Sarkozy, hijo de un apátrida de origen húngaro y de una judía sefardí por vía materna, que está casado con la mediática Carla Bruni, italiana de nacimiento. El discurso sobre la identidad se relaciona con los problemas derivados de la inmigración y su asimilación, en un momento en que esos flujos empiezan a ser considerados una amenaza real para la identidad nacional, para los propios.
La mayoría de sociedades avanzadas, instaladas en el bienestar, viven un mestizaje social, cultural, étnico y religioso, con el consiguiente riesgo de que los valores propios se desdibujen en un magma de perfiles difusos. A ello hay que sumar que los otros valores, los que separan el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo falso de lo verdadero, se tornan muy volátiles y sucumben al acomodaticio  relativismo moral que campea entre nosotros.

Preguntarse quiénes somos, qué es lo que define a nuestra tribu, es una reflexión higiénica. Es bueno mirar hacia nosotros mismos, pero es malo dilapidar el debate identitario en la búsqueda de símbolos y códigos que en teoría nos permiten reconocernos como miembros de la tribu. Al final algunos creen que es una entidad deportiva, y su carga sentimental, lo que define el ser de un pueblo.
A causa de la crisis, la mayoría de sociedades miran con reservas a los otros, a los que no son de la tribu, a los que pueden poner en peligro su particular oasis. La identidad nacional es un valor defensivo, un refugio para reconocerse.

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