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Opinió

No hay solución: toca conllevancia

No me cansaré de repetirlo: el nacionalismo español no admite que España sea plural y el nacionalismo catalán tampoco admite que Cataluña sea plural, y de ahí nacen todos los males.
En España el Estado no es tan fuerte como el francés, ni la cultura española es tan potente como la francesa para imponerse en Cataluña, ni la independencia de Cataluña es posible porque carece de mayoría social y va contra el Estado, Europa, el gran capital y el espíritu del tiempo.
Un reciente dictamen de expertos en la materia concluye que el actual conflicto catalán no tiene solución ni en la Constitución española ni en el mundo del derecho.
A la misma conclusión llegó el diputado de León, don José Ortega y Gasset, el 9 de septiembre de 1932 en las Cortes republicanas con estas palabras: “Es un problema que no se puede resolver, que no más se puede conllevar; es un problema perpetuo, que ha existido siempre, anterior a la unidad peninsular y que continuará existiendo mientras España subsista; es un problema perpetuo… que no más se puede conllevar”.
Ortega hablaba de la conllevancia por ser la única forma de convivir con el nacionalismo catalán, es decir, que los demás españoles tienen que conllevarse con los catalanes y éstos también tienen que conllevarse con los demás españoles.
Según el María Moliner conllevancia significa “sobrellevar con conformidad o resignación”. ¿Acaso la conllevancia no es también sinónimo de convivencia? Los que somos distintos nos conllevamos. ¿Qué es la democracia sino la conllevancia de todo el arco parlamentario?
A diferencia de otras constituciones europeas, la española no prohíbe el independentismo y, por tanto, mientras una parte considerable de catalanes puedan defender y promover el independentismo, ello les obliga a una cierta lealtad con el Estado hasta el día en que con un setenta u ochenta por ciento de catalanes a su favor el independentismo ya sea imparable.
Los dos países de más solera federal, o sea, Estados Unidos y Suiza, que siguió el modelo estadounidense, practican el lado positivo de la conllevancia. Lo explica con una minuciosidad poco habitual en la mayoría
de historiadores Francesc Pi y Margall en “Las nacionalidades”. En esta obra el autor repasa todas las nacionalidades europeas y a ninguna de ellas, incluidas las nórdicas, les perdona su pasado negro de violencia, crueldad y guerras.
Como Estados Unidos es tan enorme como complejo se hace difícil abarcarlo todo y a menudo se incurre en el reduccionismo. Por eso, me limitaré a Suiza, más pequeña y en la que trabajé una larga temporada.
Antiguos celtas (“Helvetii”) empero ser derrotados por Julio César en la batalla de Bibracte, con el tiempo adquirieron la reputación de invencibles y de ahí la fama de “los guerreros de los Alpes”, que formaron la Guardia Suiza del Papa y más adelante fueron la punta de lanza de los tercios de Flandes.
La Constitución suiza data de 1848 y en 1891 se enmendó implantándose un sistema de democracia directa que, a mi juicio, hace de Suiza el único país auténticamente democrático del mundo. En 1999 se actualizó la Constitución, pero sin cambios notables.
A lo que iba: la Suiza germánica es la predominante pero sin detrimento alguno de la Suiza francesa, italiana y romanche. Son distintas etnias, religiones, culturas y lenguas, cuya unión recaba el lema de Suiza:
“Unus pro omnibus, omnes pro uno” (Uno para todos y todos para uno).
Nosotros, catalanes y españoles, con muchas más similitudes que los suizos, pues somos de la misma raza, profesamos la misma religión o su carencia, tenemos lenguas hermanas hijas del latín y una historia común en la que ha habido de todo como en todas partes, no somos capaces de convertir en riqueza nuestra envidiable diversidad porque, como lamentaba Pi y Margall, nunca hemos sido capaces de organizarnos y administrarnos.

“¿Qué es la democracia sino la conllevancia de todo el arco parlamentario?

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