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Los analistas repiten que el futuro, eso que ahora llaman tendencia, es de Oriente, y de forma particular del área Pacífico. Dicen que el envejecimiento de Occidente y el peso demográfico de Oriente anuncian un declive inevitable del primer mundo. Pero tal creencia no resiste la luz de los datos reales. De todas las sociedades más ricas de Asia, las que más rápido envejecen son precisamente las que disfrutan de un mayor nivel de renta. Corea del Sur, Singapur, Hong Kong y Japón son economías geriátricas, lo que augura una transición demográfica más abrupta que en Europa. El paradigma de la decadencia admite diversas lecturas. Así que la decadencia de Occidente y que el siglo XXI será del Pacífico pueden ser un par de tópicos. Algunos destacan que en 2014 el mundo rico –y viejo-, EE.UU., Unión Europea y Japón, podrían experimentar la primera expansión simultánea en cuatro años, mientras la expansión de muchas economías emergentes se disipa y China desacelera a ojos vista. El escenario actual es distinto al imaginado años atrás. La pujanza de Oriente, que ha pasado de ser tierra de cuestaciones del Domund a convertirse en gran inversor multinacional, es un hecho cierto, pero no es menos evidente que Europa y EE.UU. siguen siendo el 50% del PIB global, tienen la mayor fuerza militar y controlan una cuota creciente de las reservas energéticas, un cambio de alcance geoestratégico. El futuro no está escrito y extrapolar tendencias del pasado inmediato es una de las formas más habituales de equivocarse. Europa está en el diván y se interroga sobre sus problemas, pero su decadencia no es un hecho fatal, ni seguro.

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