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Opinió

Trabajos forzados

Sé que el tema de los deberes escolares es peliagudo ya que tiene muchas dimensiones, muchos protagonistas y muchos espectadores. Si preguntásemos a los niños y a las niñas dirían, probablemente, que están hartos de tantas tareas. Si les preguntásemos a los padres y madres unos dirían que son pocas y otros que son excesivas. Si preguntásemos a los docentes unos dirían que son innecesarios y otros, quizás, que son imprescindibles para atender las exigencias curriculares.

La cuestión se entremezcla con el nada despreciable asunto de las actividades extraescolares, que suelen ser diversas y numerosas: idiomas, piano, ballet, violín, deportes, judo, karate, baile, tenis, padel… Muchos niños y muchas niñas tienen las tardes saturadas de ocupaciones y no pueden superar la principal asignatura de esa etapa de la vida que es el juego.

No creo que sea razonable cargar a los niños con más horas de trabajo de las que tenemos los adultos. Su jornada laboral es excesiva: horas de colegio, más horas de actividades extraescolares, más horas de deberes en la casa… Y luego la ducha, la cena y el descanso al que sigue un nuevo madrugón. ¿Qué vida es esa? ¿No es suficiente el tiempo de colegio? ¿Se llevan a casa los adultos, por regla general, unas horitas complementarias de trabajo por imperativo de sus jefes? ¿Se llevan a casa los trabajadores lentos lo que no han hecho en el tiempo reglamentario?

Los deberes escolares generan ansiedad, provocan estrés, impiden la práctica del juego y acortan el necesario descanso.

Complica el problema el hecho de que en algunos centros los profesores no se coordinan. Y así cada uno exige tareas como si solo existiese su asignatura. Existe una convicción flotante de que el profesor es mejor según la presión que ejerce con las tareas. Y eso mismo ha de aplicarse a los Colegios. Si el curriculum oficial es demasiado extenso debería acortarse y, si es el adecuado, debería aumentarse el tiempo escolar. Y, cuando termine la jornada, se terminó el trabajo. Estoy hablando de las etapas de Infantil y Primaria.

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Otra cosa son las etapas siguientes en las que el trabajo autónomo va cobrando un papel progresivamente elevado. Para esas etapas posteriores hay que racionalizar el trabajo y hay que potenciar la autonomía. Es un error hacer los deberes por ellos, incluso hacerlos con ellos. Más lógico es y acudir en su ayuda cuando la necesiten. Ellos deben ponerse manos a la obra, organizar el tiempo, responsabilizarse de sus tareas… Y, eso, facilitarles ayuda cuando estén perdidos. Solo entonces.

Ya sé que hay niños y niños. Niñas y niñas. Es decir, que a algunos les cuesta poco tiempo y esfuerzo hacer las tareas y otros se eternizan, Niños que se disponen solos a hacer el trabajo y otros a los que hay que perseguir y casi forzar a sentarse para abrir el libro. Para colmo, muchas veces las tareas se enfocan a la preparación de exámenes. Exámenes que consisten en repetir de memoria los contenidos de los textos. Utilizando la cabeza, sin los textos, sería difícil aprobar.

La excesiva presión por los resultados, la competitividad extrema, el aprendizaje de carácter mecánico y la realización de exámenes memorísticos, hacen que la infancia viva atenazada. Hay razones más que sobradas para eliminar de un plumazo esos atosigantes deberes domésticos que bien podríamos calificar de trabajos forzados.

“Hay razones sobradas para eliminar esos atosigantes deberes domésticos que bien podríamos calificar de trabajos forzados”

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